Mujer costarricense y educación: obstáculos que prevalecen

A través de una revisión histórica de la educación en Costa Rica, ciertamente llegamos a la conclusión de que los tiempos han cambiado y, sin lugar a duda, mejorado. La educación para las mujeres costarricenses del siglo pasado, estuvo basada en guiar el comportamiento de las niñas y a capacitar a la mujer para el desempeño de su más sublime misión: "...gobernar su casa, criar sus hijos y hacer feliz a su marido”, como se expresaba en el periódico La Justicia Social, de 1903.

 

Más tarde, a mediados y finales del siglo pasado, en la lucha por la educación de la mujer costarricense, destacan nombres como el de Isabel Carvajal, Yolanda Oreamuno, Ángela Acuña... quienes, desde sus trincheras, posicionaron a las mujeres como sujeto social más allá de la procreación, crianza y protección de la familia.

 

No obstante, a pesar de que la educación en Costa Rica es de mejor calidad y de mayor alcance para la colectividad, en comparación con otros países de la región y que, además, las mujeres ocupan puestos socialmente importantes, aún queda un largo camino por recorrer y el país todavía le queda debiendo mucho a un sector de la población: las niñas y mujeres.

 

Ciertamente, la educación es un pilar para el desarrollo de una sociedad igualitaria. A la luz de esta premisa, distintos esfuerzos internacionales se han realizado con el fin de potenciar la educación para las niñas y mujeres; la Convención Belem do Pará, en su artículo 8.b establece que los Estados deben “modificar los patrones socioculturales de conducta de hombres y mujeres, incluyendo el diseño de programas de educación formales y no formales apropiados a todo nivel del proceso educativo, para contrarrestar prejuicios y costumbres […]”. En el mismo sentido, el Artículo 10 de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, indica que los Estados "adoptarán todas las medidas apropiadas para eliminar la discriminación contra la mujer, a fin de asegurarle la igualdad de derechos con el hombre en la esfera de la educación y en particular para asegurar, en condiciones de igualdad entre hombres y mujeres”.

 

Tomando lo anterior en cuenta, se logra vislumbrar que las sociedades caminan rencas, en el tanto la mitad de su población no cuente con todas las herramientas educativas para alcanzar su progreso personal y así, el colectivo. ¿De cuáles herramientas hablamos? No es la educación gratuita y obligatoria garantizada, específicamente por el Estado de Costa Rica desde 1869, sino es la educación con perspectiva de género, el convencimiento de que las niñas son capaces, en igual medida que los niños, de realizar lo que se propongan. Según el sociólogo Manuel Castells, la escuela se ha encargado de transmitir los valores dominantes y las formas de poder (en referencia P. Bourdieu), de donde se desprenden los roles de género y formas de comportamiento machistas, en general, de las sociedades. 

 

La relación intrínseca que existe entre un ambiente estimulante y el desarrollo educativo de una persona, es innegable. En este sentido, la sociedad costarricense no garantiza un ambiente apto para que las niñas y adolescentes, en el caso de la educación primaria y secundaria y, para las mujeres, en el caso de la educación superior, desarrollen todo su potencial.

 

La constante persecución hacia las niñas y mujeres, por parte de las figuras de autoridad educativas, ya sea por la forma de jugar, de vestirse, de comportarse, hasta los comentarios irrespetuosos y humillantes, incluso frente a compañeros y compañeras y demás atropellos, vienen en detrimento del desarrollo educativo de las mujeres. Esto último, además de la violencia, en todos los matices que se le puede presentar a la mujer y a la niña; en los medios de comunicación, el sistema de salud, las redes sociales, las vías públicas... Existen, aún en nuestros días, profesores, profesoras, catedráticos y catedráticas que, en sus clases magistrales, se dejan decir frases que desacreditan y vilipendian a la mujer, ya sea física, intelectualmente o cuanta variación repugnante y anacrónica nos podamos imaginar. Una mujer o una niña a quien se le ha cuestionado durante toda su vida educativa, es decir -infancia, adolescencia, adultez temprana- cualquier expresión de individualidad fuera de los roles de género preestablecidos, tendrá serias dificultades para brindar su opinión, emitir críticas o para tomar puestos de liderazgo. 

 

Según hallazgos de la ONU, las niñas desde los 6 años consideran que los niños son más aptos para realizar tareas intelectuales y que, por su género, son más inteligentes. ¿Cómo niñas de tan temprana edad pueden llegar a esa conclusión? Advierto que existen múltiples razones, pues es una problemática multidimensional, pero una razón de peso es la enorme carga ideológica que depositan las y los educadores al momento de formar educativamente a los niños y niñas.

 

En todo el mundo, las niñas y mujeres enfrentan dificultades que obstaculizan su educación, formación e ingreso en el mercado laboral. De acuerdo con estudios de ONU Mujeres, la discriminación de género debilita de muchas formas las perspectivas de las mujeres de recibir una educación; los matrimonios a edad temprana y el trabajo doméstico llevan a muchas niñas y jóvenes a abandonar la escuela. El acoso sexual en los espacios públicos puede confinarlas a sus hogares.

 

El sesgo de género en los materiales educativos y pedagógicos limita los campos de estudio y margina a las mujeres en las ciencias, por ejemplo. Solo el 30% de las y los investigadores en ciencias del mundo son mujeres. Incluso cuando más mujeres se están matriculando en las universidades, muchas se detienen antes de llegar a los títulos avanzados. Tienen menos acceso a la tecnología, las comunicaciones y los recursos básicos, donde la disparidad mundial entre los géneros está creciendo, de donde se desprende que las normas internacionales no son suficientes para combatir las marcadas diferencias entre hombres y mujeres, cuando de educación se trata. 

 

Ahora bien, en Costa Rica, la desigualdad entre hombres y mujeres, queda evidenciada en datos de la Proyección de Población al 30 de junio de 2018, del INEC, en donde la tasa de desempleo de las mujeres es 39,9% más alta que la tasa de desempleo de los hombres.

 

El Derecho Internacional nos brinda respuestas y normativas dirigidas a la eliminación de estos distanciamientos educativos por género, por ejemplo, que los Estados brinden las mismas condiciones de orientación en materia de carreras y capacitación profesional, acceso a los estudios y obtención de diplomas en las instituciones de enseñanza de todas las categorías, tanto en zonas rurales como urbanas; esta igualdad deberá asegurarse en la enseñanza preescolar, general, técnica, profesional y técnica superior, así como en todos los tipos de capacitación profesional. Asimismo, la eliminación de todo concepto estereotipado de los papeles masculino y femenino en todos los niveles y en todas las formas de enseñanza, mediante el estímulo de la educación mixta y de otros tipos de educación que contribuyan a lograr este objetivo y, en particular, mediante la modificación de los libros y programas escolares y la adaptación de los métodos de enseñanza.

 

Por medio de la estimulación desde la temprana infancia, en temas de igualdad de género y deconstrucción de masculinidades tóxicas es que, como sociedad, vamos a lograr igualdad entre los géneros y el empoderamiento de todas las mujeres y niñas, atacando la desigualdad desde sus cimientos estructurales. Aspectos básicos en la educación, como lo es la educación sexual, ya es un avance importante para alcanzar una sociedad más igualitaria. Clara muestra de esto es la reducción en la tasa de embarazos adolescentes para el 2017, que se ubicó en un 14,7%, la más baja registrada en toda la historia del país.

 

Más allá de la alfabetización y la educación aritmética básica, la destreza de una niña para desenvolverse en este mundo, cada vez más complejo, requiere una amplia variedad de competencias cognitivas, sociales y prácticas, pero nunca encontraremos la paridad social ni alcanzaremos a explotar todas las capacidades de las niñas, si volteamos la cara ante los tratos diferenciados que se exponen desde la niñez. Los discursos de igualdad no deberían ser baladíes, deberían visibilizar las problemáticas y generar esfuerzos enfocados a que se les reconozcan y garanticen a las niñas, todos sus derechos en igualdad, bajo mecanismos prácticos y concisos, como vendría siendo el ejercicio de la educación, como capital cultural. 

 

 

 

*Tsáitami Ordóñez Araya. Estudiante de Derecho y Filosofía, UCR. Asociada de ACODI. 

 

 

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